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mundo laboral. Por primera vez me planteaba mi papel como mujer en el mundo, y veía sus desventajas y exigencias. Comprendí poco a poco que a mi generación se nos exigían requisitos contradictorios, y que cuando cumplíamos uno era poco menos que imposible satisfacer el otro: mi carrera en la universidad me obligaba a desarrollar una agresividad que no era natural en mí, y enfrentarme en la lucha, con todas mis armas, para anular a mis compañeros. No tenía ninguna garantía de que eso mejorara cuando fuera una profesional. Las charlas dadas por arquitectas me mostraban mujeres de una obstinación y unos conocimientos inmensos, que se expresaban con argumentos casi tan acerados como los que yo fingía con mis amigos. Todas ellas estaban delgadas, y se esforzaban por cuidar su aspecto. Por supuesto, el siguiente requisito que se nos exigía era que fuéramos dulces y ligeramente pasivas, que aspiráramos a una relación estable, seguida de matrimonio y maternidad. Lo contrario era poco femenino. Nos anulaba como sexo, nos restaba belleza. No era posible decantarse por uno de ellos, porque los ejemplos que me rodeaban me demostraban que, frente a la opinión pública, tan fracasada se consideraba a la mujer trabajadora sin pareja como a la madre que había renunciado a trabajar por su familia. Y ante todo, había que mantener la apariencia: las madres visibles, las de los anuncios, las que pertenecían a la aristocracia o la jet-set conservaban la esbeltez, la sonrisa, la elegancia. 97

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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