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con acuerdo a ella. Al fin y al cabo, no hacía sino aplicar las bases que me habían enseñado en la academia de teatro. A la que ya no asistía. Mis padres no lo sabían, y creían que continuaba manteniendo las clases, y que progresaba. En cambio, me marchaba con mis amigos a una cafetería a charlar. Ellos pedían un café, yo un pastel. O dos. O tres. Alguna vez me hicieron bromas sobre mi apetito desmesurado, pero ninguna de ellas me pareció ofensiva. O quizás fuera que yo había ganado, seguridad y no me ofendí, o que estaba tan desesperada que las asumía como naturales. Mis amigos sabían que faltaba a la academia, y creían que debía contárselo a mis padres. La idea de enfrentarme a ellos y plantear que renunciaba a algo por lo que había insistido tanto se me hacía insoportable. No después de las disputas que habían tenido durante el curso anterior por culpa de mis hábitos alimenticios. De modo que callaba, mentía, me alegraba de que los profesores no llamaran para preguntar por mí, y me sentía aliviada, lejos de las aspiraciones de mis fatuos compañeros y la crueldad de la exhibición en el escenario. Pese a que apenas pisaba mis clases en la universidad, encantada con la falta de control, el primer año en el campus amplió tremendamente mis perspectivas. Aceptaba sin planteármelo los velados ánimos de los profesores para que no acudiéramos a clase y las insinuaciones de que éramos demasiados, de que en especial las chicas no superaríamos la competencia de la carrera y el 96

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