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que se esperaba de mí y la satisfacción que les causaba. Entre mi madre y yo nos habíamos provisto de un nuevo guardarropa para mí, quizás demasiado formal, pero elegante, y con vistas a que yo engordara o perdiera peso. Mi armario estaba aún lleno de ropa de mi etapa delgada, y las prendas colgaban de las perchas, como ahorcados desvalidos, esperando a que yo regresara a mi peso ideal. Parte lo ocupaba mi ropa de gorda, la de la etapa posterior, ropa que yo odiaba y que había jurado no emplear de nuevo. El resto lo completaban las prendas nuevas. Como ya he dicho, nunca volví a engordar por encima de los cincuenta y ocho kilos. Me daba pavor pensar en ello. Tenía el convencimiento de que si volvía a superar ese peso, no podría parar, lo daría todo por perdido, y me convertiría en una obesa sin remedio. Como cuando comía y no podía cesar, como si una vez que fallara o que sobrepasara lo establecido tendría que continuar hasta reventar. Ese miedo era el mayor que me asaltaba en los ratos sueltos, peor que suspender todas las asignaturas, peor que perder a mis padres, peor que morirme; sólo había algo peor, y eso era sufrir un accidente y quedar inválida o deforme. Por esa época había muerto bastante gente a mi alrededor: no únicamente los abuelos, los mayores, los que aguardaban la muerte o de los que se esperaba que no duraran, sino también gente de mi edad, jóvenes sorprendidos en accidentes o enfermedades, un niño debido a un descuido médico, un par de vecinos, casi todos por causas ines94

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia