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tírse a un bombón: volcaba en ellas toda la rabia que había sentido contra mí al no ser capaz de adelgazar con aquel dietista, y su debilidad, descubrir que engordaban tras cada dieta, como yo había hecho, me reafirmaba en mi posición de ser la delgada del grupo. Emitían juicios inflexibles sobre sus cuerpos y los ajenos. Por ellas supe lo que eran las estrías, y las reconocí con consternación en mis pechos y mis muslos. A partir de entonces, cada vez que mi mirada caía por casualidad en el espejo fijaba mi atención en mis nuevos defectos. Fueron ellas también las que me enseñaron a detectar la celulitis. Yo sabía de los insidiosos hoyuelos, pero por más que me observaba no los encontraba. Ellas, hartas de que yo negara tenerla, apretaron una de mis piernas, como si la estuvieran ordeñando. Allí, entre sus dedos, se formaban los temidos huecos que delataban una imperfección más. - Quise morirme. Hasta entonces había fantaseado con la idea de que cuando adelgazara todo volvería a ser como antes. Ante mis ojos encontraba marcas que no se irían. Todas las revistas insistían en la imposibilidad de hacer desaparecer la celulitis o las estrías. La fuerza estaba en la prevención. Yo lloraba: en la etapa de la prevención yo me había dedicado a cebarme, y allí tenía el castigo. Inicié la universidad con mucho miedo y un peso razonable. Mi familia había vivido como un acontecimiento el que yo ingresara en ella, y a su manera discreta, me habían hecho saber lo mucho 93

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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