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considerarme como una posible candidata. De manera imprevista me enteré de que sabía de mi debilidad. Nunca la había ocultado, precisamente porque mi objetivo era que lo supiera, pero la certeza de que él me consideraba enamorada de él, de que a sus ojos era vulnerable, me sumió en una vergüenza profunda. Comencé a evitarle, y a figurarme escenas bochornosas. Di por cierto que se habría sentido acosado, que sólo me mantenía la mirada por cortesía, y que no bien yo volvía la espalda estaría riéndose, o al menos consintiendo las burlas de sus amigos. Necesitaba sentirme importante incluso cuando me despreciaban, y prefería pensar eso a que yo le era indiferente. Para colmo, me había hecho dolorosamente consciente de mi cuerpo en esos meses. Había salido con frecuencia con otras tres chicas, y había creído formar, como desde hacía mucho tiempo no me pasaba, un grupo con quien hablar y comportarme como realmente era. Las tres creían tener problemas de peso, y no tomaban en consideración las quejas sobre el mío, porque objetivamente yo era la que pesaba menos y la menos voluminosa. No eran obesas: mostraban un sobrepeso de unos doce o quince kilos, y sin ser bellezas tenían rostros bonitos y cierto encanto. Junto a ellas me sentía en cierta ventaja: yo sabía que no adelgazaba porque estaba enferma, pero ellas, a mi juicio, no adelgazaban por pura ausencia de voluntad. Yo, que sabía de los esfuerzos por seguir una dieta hasta que el ánimo se quebraba, las despreciaba por no tener la fortaleza de resis92

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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