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que no privara a nadie de nada y no viviera con la sensación de estar robando comida. Cuando superé la selectividad estaba agotada, y unos días más tarde me encontré mal. Me sentía atravesada por un costado, como si me hubieran clavado una lanza. El médico me hizo todo tipo de análisis, revisiones y hasta una ecografía. Mientras el sensor se deslizaba sobre mi vientre untado con gel, recordé a la muchacha que había ocultado su embarazo y sonreí ante la ironía: yo, que de ninguna manera podría estar embarazada, recibía los cuidados propios de ese estado. No encontraron nada, y me recomendaron relajarme y esperar. Mi madre me acompañó en todo momento, y contestó a las preguntas del médico por mí, como solía ser habitual. Éste no me preguntó nada en referencia a mi dieta, de modo que ninguna de las dos mencionamos los atracones. El dolor cedió al cabo de mes y medio, y, según dijo, fue causado, aparentemente, por causas psicosomáticas. Con esa conclusión se zanjó el asunto. Como si eso disminuyera su intensidad y su presencia. La extenuación se extendía también a mi forma de vida, a lo que hasta entonces había dado por normal. El instituto dejó de parecerme el centro del universo, y ansiaba acudir a la universidad. Dejaría atrás parte de mis frustraciones, y quizás conocería a gente nueva. Había abandonado desde meses atrás toda ilusión con Juan Manuel. Obviamente, no estaba interesado en mí: había cambiado en aquellos dos años y medio dos veces de novia sin, por supuesto, 91

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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