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distancia mental de los otros, sentirse tan sola? ¿Era común aquella sensación de desconsuelo, de desesperación, ese continuo sufrimiento? A veces me imaginaba que mi cerebro estaba al descubierto, y que una parte de él recibía un golpe: sangraba. Sólo a eso podía comparar mis experiencias. ¿Y si estaba loca? ¿Cómo reaccionarían frente a ello mis compañeros de clase? Me preocupaba mucho más la opinión de los extraños que el propio riesgo de perder la razón, tomar medicamentos o la pena de mis padres. Si estaba trastornada podía entender por qué a veces parecían existir dos Glorias enfrentadas, la que se disponía a luchar contra el peso como fuera, la que me recomendaba qué alimentos sanos tomar y cuáles no, y la que me hacía entregarme a los atracones, la que sugería medios para esconder comida y mentir a mi familia. El ángel y el diablo, las voces interiores, tan bien descritas en mis adoradas películas. ¿Y si era esquizofrénica? Tímidamente comencé a insinuar que deseaba que me llevaran a un psicólogo. Mis padres no quisieron oír hablar del tema. Pensaban que yo tenía ya suficientes problemas con la comida y con las mentiras como para qué nadie cercano se enterara de que iba a una terapia. El tratamiento psicológico, para ellos, estaba cargado de connotaciones pésimas. Pensaron protegerme de esa manera. Pedí ayuda a una de mis profesoras, a la que admiraba, pero sin entrar en profundidades. Le hablé de depresión, de mi aislamiento, de mis ganas de llorar. Ella me dijo que mi instituto no contaba con un psicólogo, pero que si quería, ella me escu89

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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