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cómo una nueva forma de angustia me invadía, cómo me atacaba el miedo a haber estado loca durante esos dos años, a haber comenzado casi jugando algo que prometía ser muy grave. La ilustración del artículo mostraba a una mujer pelirroja con pies como yunques que devoraba con una boca enorme un escaparate de pastelería. Me resultó repulsiva: así me veía yo también, un túnel sin fondo, un estómago insaciable. Pensé en los alcohólicos, en cómo las últimas tendencias les consideraban enfermos, e intenté encontrar algún síntoma de dolencia en mí. No lo hallé: nunca hubiera considerado el sufrimiento mental como una enfermedad, y aunque sabía que mi comportamiento era extraño, no pensaba en él como enfermizo. Aquel artículo tampoco hablaba de las consecuencias físicas de la bulimia (horrible palabra, con una horrible traducción, «hambre de buey». Eso era yo, una vaca, una vaca omnívora y descontrolada). No mencionaba el dolor que causaba, ni las causas que la motivaban. Se limitaba a describir los comportamientos. Aunque el mundo cambió en muchos aspectos, en los principales ni siquiera se alteró. El hecho de saber que estaba enferma, que se podían reconocer los síntomas, no me sirvió en absoluto para modificar mis costumbres. Continué comiendo, continué vomitando, continué haciéndolo a escondidas y furtivamente, y ni mi dolor ni mi angustia se aliviaron. Si acaso, una nueva duda entró en mi mente. ¿Estaría realmente cuerda? ¿Entraba dentro de lo normal comportarse de esa manera, mantener esa 88

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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