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sospecharon que nuevamente renacía mi idea de que cualquier esfuerzo que me tomara no llevaba a nada. Mis compañeros, por su parte, se habían limitado a lamentarlo por mí y a disfrutar de lo que el comité, del que yo formaba parte, había organizado. Me apenó descubrir que no me habían echado de menos, y me reafirmé en mi idea de que la vida normal de la gente de mi edad me estaba prohibida. Mientras los afortunados que habían marchado en el viaje de estudios visitaban Amsterdam, las clases se suspendieron: los profesores nos ayudaban a repasar para la selectividad, o nos dejaban estudiar en la biblioteca. Yo me sentaba, charlaba con la bibliotecaria, hacía excursiones y descansos para comprar chucherías, y hojeaba revistas femeninas. «¿Eres bulímica?», preguntaba uno de los artículos, y a mí me llamó la atención la palabra, que nunca había oído. Aquella revista dedicaba una página a un trastorno alimenticio que parecía aumentar en número y gravedad en Estados Unidos. Se consideraba una enfermedad mental. Incluía veinte preguntas sobre los hábitos de alimentación, y aconsejaba consultar al médico si se superaban los siete síes, «¿le atracas regularmente de comida? ¿Vomitas después? ¿Sientes que no puedes controlar lo que comes? ¿Te preocupa tanto adelgazar que interfiere en tu vida diaria?». Yo cumplía dieciocho de aquellos requisitos. Nunca había consumido laxantes ni diuréticos, y nunca me había herido a propósito. Salvo eso, todo coincidía. Con la revista sobre las rodillas sentí 87

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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