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allí. Hoy sé que aquel dietista no merecía tal nombre: se limitó a anotar mi estatura y mi peso, y a suministrarme una serie de pastillas de fibra y batidos proteínicos con los que sustituir una de las comidas. Ni análisis, ni estudio de costumbres alimenticias, ni perfil psicológico. Yo, que a aquellas alturas me había convertido en una experta en necesidades nutricionales y en índices calóricos, no salí de allí convencida, pero creí que merecía la pena probarlo: todo con tal de adelgazar. El dietista me había prometido una pérdida de dos kilos tras los tres primeros días: pese a que seguí estrictamente sus instrucciones, no llegué a perder uno. Me sentí estafada, y súbitamente me invadió el desánimo: ¿por qué ahora que cumplía las normas era incapaz de adelgazar? ¿Habría cambiado mi metabolismo? ¿Estaría condenada a ser una obesa? Nuevamente era incapaz de pensar con claridad. Un primer fracaso indicaba que sólo sufriría fracasos. Una disminución de peso más lenta de lo que esperaba me hizo creer que todo estaba perdido. El trato consistía en que el dietista llamaría cada tres días, y que yo le diría mi peso. Con la primera pérdida me felicitó y me animó a restringir mi aumentación, para adelgazar más. A partir de esa llamada le mentí: mi peso disminuía lentamente, pero disminuía, en la gráfica que él trazaba. En realidad, me entregué como nunca a los atracones, desesperada, llorosa, manteniendo la buena cara en el instituto y ante mis padres. Me comí un bote de leche condensada de una sola vez, y, en una ocasión, cuando yo sabía que las 81

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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