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belleza se alejaban, y con ellos los chicos, el éxito, la admiración, lo único que podía librarme de aquella sensación turbia y desoladora era vomitar. Todo volvía a la normalidad entonces: las calorías no eran absorbidas, la distensión desaparecía, y era posible ponerse en camino de nuevo, comenzar sin pasado. Dos horas más tarde el vampiro de comida exigía de nuevo alimento, y mordía y roía por dentro hasta hacerme caer de nuevo. Y yo, que era débil, que era insignificante y estaba condenada al fracaso, cedía. Me había ofrecido voluntaria para organizar el viaje de estudios, en un desesperado intento de conocer más gente, de ser necesitada y de entrar en la dinámica de los chicos de mi edad. No me sobraba el tiempo, pero me juré sacarlo de donde no lo tuviera. Recorrí los bancos comprobando cuál nos ofrecía mejores condiciones, organicé rifas, dinámica al resto del comité encargado del asunto, y logré que me consideraran una de las máximas responsables. Tenía pocas posibilidades de ir yo misma a aquel viaje, pero aquello me importaba muy poco. Dependían de mí, y no me importaba trabajar para ellos siempre que pudiera sentirme parte del grupo. Por entonces me hablaron de un dietista que había logrado milagros: diez kilos, doce kilos en un mes o dos. Recuperé de nuevo la esperanza: si conseguía perder diez kilos, regresaría al punto de partida, como si nada hubiera pasado. Lloriqueé, prometí enmendarme y empleé todos mis recursos, hasta que mi madre accedió a llevarme 80

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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