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—¿Crees que voy a pasar el trabajo cocinando sin grasas, buscando todos tus caprichos para que adelgaces, y que luego comas a escondidas? No, hija, no. ¿Tienes hambre? ¡Pues come! ¡Come lo que te dé la gana, pero no nos vuelvas locos a todos! Yo comía llorando. Cuando me obligaban a ello, la angustia me cerraba el estómago. Ya sabía que lo que me impulsaba a comer no era el hambre, que aquello que nacía sobre la tripa y me oprimía no se saciaba con comida, pero pensaba que eran nervios. Cuando mi vida se serenara, cuando mis padres dejaran de gritarme, cuando adelgazara, cuando consiguiera amigos, entonces dejaría de sentirlos. No aceptaba que fuera yo quien comía lo que faltaba, y me aferraba con fuerza fanática a la negación de los vómitos. Cuando descubrieron las primeras huellas creyeron que los excesos a los que me había sometido me habían empachado, y que no había podido más. Poco a poco se dieron cuenta de que tras haber comido en abundancia, vomitaba por mi propia voluntad. Mi madre ya no sabía a qué atender, si a que no vomitara o a que no comiera. Ella, como casi todo el mundo, asociaba el devolver con el mareo, las náuseas, la suciedad. Yo no podía explicarle el alivio que suponía, la sensación casi adictiva de liberación y limpieza. Cuando, tras haber engullido una caja de galletas, tres botes de paté con una barra de pan, una lata de melocotones en almíbar, dos pasteles con merengue y dos vasos de leche el estómago parecía a punto de estallar, y los ideales de delgadez y de 79

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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