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de sus amigos por mis buenas notas y mi responsabilidad, les mentía en algo tan absurdo como la comida, me escondía para devorarla, y negaba la realidad. ¿Qué tontería me había entrado? El tipo de alimentos que escogía y las cantidades me impedían aducir que tuviera hambre: me entregaba a los caprichos, a la gula. Mi madre no podía entenderlo, y mi padre lo consideraba una falta que no me daba la gana corregir. Mi madre no quería renunciar a tener exquisiteces en casa: le hubiera parecido una falta capital recibir invitados y no ofrecerles nada, y no quería dejar que yo me saliera con la mía. Comenzó a esconder la comida. Yo, cuando estaba sola, registraba la casa, y por lo general, encontraba los escondrijos. Entonces no podía controlarme y comía lo que fuera. Mi madre se desesperaba, y yo no sabía cómo explicarle que tenía que comerlo, que era superior a mis fuerzas, de modo que callaba: —Si quieres comer una galleta, cómela. Pero ten un poco de control, no te comas todo el paquete. Si tienes hambre, coge fruta —me repetían—. No comas tan poco en las comidas principales, y luego no te entrarán tentaciones. Yo creía que los platos que mi madre cocinaba me engordarían, y por eso mantenía las raciones bajo control: pero luego me era imposible no atracarme de otras cosas. Mi madre se enfurecía. En un par de ocasiones, después de pillarme comiendo galletas tras la cena, me hizo sentarme a la mesa de nuevo y comer otro plato. 78

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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