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colate, paquetes de patatas fritas, yogures, aceitunas, botes de paté, fiambres, embutidos, palitos de cangrejo, todo desaparecía. En un principio, mi madre pensó que olvidaba las cosas, o que las habíamos comido sin que ella tomara cuenta. Pronto desconfió. Yo intentaba sustituir los productos por otros iguales, y no era extraño que tras un atracón saliera en busca de galletas y atún a los supermercados cercanos. Aprendí a distinguirlos por la tinta y el color de la etiqueta del precio, porque mi madre detectaba si la marca que había traído era distinta, o incluso, cuando más adelante me encontré bajo sospecha, si la fecha de caducidad era otra. Cuando no lo lograba, intentaba al menos posponer el descubrimiento, manteniendo la caja vacía en su lugar, o el envoltorio de chocolate abultado, o con un cartón dentro. Luego temblaba de miedo hasta que descubrían el apaño, sintiéndome cada vez más incapaz y sucia. Me ponía en tensión cada vez que mis padres se acercaban a la despensa, y me maldecía por ser tan débil. Casi la mitad de las veces me descubrían: mi madre me enfrentaba a ello, intentaba que yo admitiera que comía a escondidas. Yo lo negaba, buscaba excusas inverosímiles o me mantenía en silencio, sabiendo que no había explicación posible. Si no lo habían comido ni mi padre ni mi madre, no quedaba sino que fuera yo. Mis padres no podían entenderlo, y supongo que para ellos supuso una tremenda sorpresa: yo, que no había sido nunca una fuente de preocupaciones, que era la envidia 77

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia