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Cuando bajé del avión lo primero que mi madre me dijo fue que venía muy gordita. Lo encajé como un insulto más. Me pesé: sesenta kilos. Jamás, ni en mis peores pesadillas, había estado tan gorda. No mantuve contacto con la gente de Irlanda, ni con los de la casa ni con mis compañeros. Me esforcé en creer que no había existido aquel paréntesis, y la felicidad de ser aceptada se desvaneció muy pronto. Por primera vez desde que estaba enferma, adelgacé, y perdí tres kilos en un mes al regresar a la dieta mediterránea. Mi peso, aunque alto para mi gusto, volvía a ser aceptable. Encajaba en la ropa. Lo único que recordé fue el comentario de aquellos desconocidos, mi vergüenza, mi falta de control. Fue la única apostilla por parte de extraños que recibí en mi vida haciendo alusión a mi peso, pero estuvo presente en cada fiesta a la que acudí, en cada persona nueva que conocí, en la mirada furtiva y crítica con la que me exponía cada día ante el espejo. Tardé años en recordar que los irlandeses que me habían considerado gorda no podían tener más allá de trece años. A lo largo de ese último año en el instituto para mis padres resultó evidente que yo me comportaba de manera extraña: mi madre no podía traer nada apetitoso a casa, porque yo me lo comía a escondidas. La misma Gloria que se había envanecido años antes frente a sus primos golosos era incapaz de resistirse ante cualquier alimento dulce o salado. Cajas enteras de galletas, tabletas de cho76

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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