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con su pareja, los guapos con los guapos, los feos con quien pudieran. Un novio codiciado me contagiaría inmediatamente con el estatus deseable. Entonces creía que la belleza se podía obtener por osmosis. Yo discurrí entonces que tenía demasiada dignidad como para salir con el primero que apareciera, y arriesgarme así a ser catalogada como normal, o incluso fea. Deseaba al mejor, y cualquier cosa por debajo de él sería humillante: o el más guapo, o nada. Por supuesto, existían casos, yo los conocía, de chicas monas que salían con novios normalitos. No las tenía en muy alta estima: pensaba que se habían conformado con cualquiera, que no habían tenido paciencia para esperar, como yo hacía, al adecuado. Que se prodigaban a bajo precio. No se me ocurría pensar que podrían estar enamoradas, que esos muchachos podrían mostrarse dulces, atentos, comprensivos, que podrían llevarse bien y quererse. Tampoco pensaba en el sexo como una demostración de amor, sino más bien como una búsqueda de placer, como una lucha de poder entre el hombre y la mujer en la que la mujer, si era lista, ganaba con la sumisión del macho. Estaba tan preocupada por los aspectos físicos que era ciega a cualquier cosa que traspasara la piel. Dos días antes de regresar a casa yo era dolorosamente consciente de que había engordado aún más: la ropa nueva me ajustaba á duras penas, y la opresión me volvía nerviosa y distraída. No había comido gran cosa fuera de las cenas y los desayunos, porque la comida consistía en un 74

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia