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resultaban tan chocantes que llegué a la conclusión de que vivía con personas sin gusto ni criterio. Sin embargo, eran felices, se querían, y las hijas obesas me hablaban de sus novios y sus líos, cosa que yo, con mi talla cuarenta, no podía hacer. Acudía cada día al colegio, y para mi sorpresa, enseguida hice amigos. Me emplazaron en un nivel alto de inglés, y las clases resultaban muy entretenidas y exigentes. Cuando descubrieron que sabía dibujar y hacer retratos me hice pronto conocida. Por primera vez en mi vida me sentí no sólo aceptada en un grupo, sino además parte de los privilegiados. Las chicas querían sentarse conmigo, y descubrían en mí virtudes que nunca me habían sido mencionadas: me apreciaban porque era alegre, porque me convertí en el portavoz de la clase y miraba siempre por nuestros intereses, porque creían que tenía una fuerza inagotable y porque sabía escuchar. Por primera vez en año y medio, existía una posibilidad de que la vida mejorara: dejé de vomitar, estrené toda la ropa que me había comprado para la ocasión (dos tallas mayor que la que llevaba a los quince, pensaba de continuo, una talla al año... ¿dónde llegaría a los treinta?) y me dediqué a disfrutar y a participar de la vida, como todos hacían. Dos chicos se interesaron por mí, y flirteé torpemente, sintiéndome un poco culpable por fallar en mi devoción eterna a Juan Manuel. Sin embargo, ninguno de los dos me gustaba físicamente: o, mejor dicho, ninguno de los dos cumplía con lo que yo pensaba que debía ser un novio. Mis ideas estaban muy claras: cada oveja 73

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia