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como yo hacía con el mío. ¿Sería yo tan criticada como ella si era descubierta? Me identifiqué con ella, y la defendí en todo momento. Bastante tendría con los remordimientos. ¿Por qué había siempre que culpar a las mujeres, porque los hombres salían sin daño, no se quedaban embarazados, no engordaban, no eran elegidos sino que elegían? Mis atracones aumentaron tras aquello. No sabía qué me avergonzaba más, si comer sin medida o vomitar después, si comprobar mi falta de control o entregarme a un acto asqueroso varias veces al día. Al menos, me repetía yo, no hay nada irremediable en esto, nada irreparable, nada que condicione mi vida. Sólo hace un año y tres meses estaba delgada: puedo volver a estarlo. No puedo recordar nada más: el miedo a ser descubierta, la tristeza como un puñal y el frío. No había lugar donde esconderse del frío aquel invierno. Desde hacía un año no aceptaba camisetas pese a la insistencia de mi madre, porque me hacían parecer más gorda, y sin blusas, sin ropa de abrigo, sin otra cosa que un jersey delgado y una gabardina, sobreviví, tiritando y estornudando, hasta la primavera. Me enviaron a Irlanda aquel verano, una recompensa por la que yo había rogado, y que encajaba bien con la mentalidad de mis padres: en pago a mis buenas notas y mi buen comportamiento se me obsequiaba con otro mes de estudios en el extranjero, en un carísimo colegio. Obedecía al lema de mi padre de que para descansar de un trabajo lo mejor era otro trabajo. Nunca hubieran aceptado 71

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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