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La actitud general era bastante similar: se hablaba con desprecio de los que se entregaban a besos desenfrenados apoyados contra un coche (ni se nos ocurría mencionar lo que podría pasar «dentro» de ese coche) y se daba por supuesto que todas las chicas, por mucho tiempo que llevaran con su novio, eran vírgenes. Al fin y al cabo, sólo teníamos dieciséis años. En mitad de aquel ambiente de noviazgos pre-guerra civil, algo vino a desatar las lenguas y sacudirnos la modorra: una chica de nuestra edad, compañera de algunos de mi clase, había dado a luz en el cuarto de baño de un bar, un domingo por la tarde, ella sola. Nadie, ni siquiera su madre, sabía de su embarazo. De pronto, todos los tabúes dormidos por las clases de información sexual reaparecieron: el miedo, transmitido por nuestras madres, de quedarse embarazada estando soltera, la vergüenza de haber sido abandonada por el novio, la indecencia de haber accedido a las relaciones sexuales, el haberlas practicado sin los suficientes medios, el dolor del parto, el final brusco de la niñez al tener que hacerse cargo de otra criatura... los demonios que aguardaban en la mente cuando se anhelaba hablar con un chico, o caminar de la mano con él, o besarle con lengua, los riesgos de nuestro género, se revelaron al mismo tiempo. Aunque compadecí cómo todos a la joven madre, mis pensamientos volvían una y otra vez al mismo punto: había parido en el cuarto de baño, se había refugiado allí con su secreto, como yo hacía con el mío. Se había liberado del peso de su vientre, 70

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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