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me? ¿Cómo podría elegir, sabiendo que eso significaba una traición al otro? Cuando discutían yo me escondía detrás del escritorio de mi habitación, y dibujaba durante horas. Si alguien entraba en el cuarto ocultaba las láminas bajo los deberes, y cerraba el cajón de la mesa: siempre guardaba allí las galletas, el chocolate, las patatas o incluso la lata de atún. Lo que fuera que me pillaran comiendo en aquella ocasión. Descartadas mis amigas, descartados los sueños no convertidos en realidad en la academia, descartados mis padres, ¿qué me quedaba? No sabía a quién pedir ayuda, y de haber hallado a alguien, tampoco hubiera sabido a quién dirigirme. Cada uno de los días se extendía ante mí largo, eterno, con una interminable lista de obligaciones, una insospechada cantidad de frustraciones y una sonrisa impuesta para cubrir cualquier problema. Imaginaba continuamente mi vida junto a la del chico que me gustaba. Continuaba siendo el mismo del año anterior, Juan Manuel, para quien seguía pasando tan desapercibida como antes. Reunía todas las características del hombre ideal que me había construido, otro hermoso Frankenstein. Fue uno de los primeros en adoptar el aire desvalido que más tarde el movimiento grunge popularizaría, y que le hacía destacar entre el grupo de muchachos que aún intentaban afianzar su masculinidad mediante gestos bruscos, risotadas y desprecios a las chicas. Juan Manuel cultivaba su aspecto descuidado, trataba a sus compañeras con 68

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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