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pastelito roto, y terminaba con las sobras. Aunque en mi niñez y adolescencia hizo un par de dietas, comía abundantemente sin engordar, y no paraba quietó. Nunca la vi desocupada. De ella imité desde muy niña los sentimientos de culpa si algo iba mal, la negación de mis derechos a favor de los otros, la compasión por quienes sufrían, la actitud de echar una mano siempre que fuera posible y el miedo a las críticas. Aprendí lo que sé de cocina, y el amor por las cosas bellas y delicadas. Interioricé también que quien expresa sus emociones es tenido por débil y lleva las de perder, y que la sensibilidad lleva aparejado el sufrimiento. Aunque coincidían en los criterios de mi educación, quizás mi padre un poco más estricto, mi madre más cercana, sus principios vitales eran opuestos: llevaban a mi padre a considerar a mi madre como endeble y dependiente, y a mi madre, a su vez, a sentirse herida y cuestionada. Según fui creciendo, los problemas se agudizaron, y las discusiones aumentaron. Se enzarzaban en continuas luchas de poder, que podían estallar por cualquier cuestión nimia, y el resentimiento aumentaba cada vez más: ninguno de los dos era capaz de pedir perdón, y ninguno de los dos cedía. . El punto de referencia hasta entonces inamovible se tambaleaba, y mi reacción fue cerrar los ojos: no soportaba que discutieran, no quería escuchar que las broncas en una pareja eran normales, y no quería ni siquiera pensar que pudieran divorciarse. ¿Qué haría yo? ¿Con quién tendría que quedar67

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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