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amistades para medrar. Critiqué por imitación a quienes deseaban destacar, a los histriónicos y a quienes se dejaban llevar por las pasiones. Sin embargo, yo poseía un temperamento hipersensible y excesivo, y sufría a diario por el vaivén de mis emociones, de modo que sabía que estaba expuesta a la censura muda e inmisericorde de mi padre. Adopté de él un acusado sentido del deber, y la manera callada de demostrar cariño. Tampoco, como él, aprendí nunca a sentirme cómoda con los halagos o los elogios. Mi madre, en cambio, era expansiva y sensible, y con una tolerancia aún menor que la mía a las críticas. Fueran éstas reales o imaginadas, le ofendían y dolían tanto que una ausencia de comentarios sobre el arroz, o el apunte de mi padre de que no era gran cosa le arrumaban el día. Era creativa y con afición por el arte, y procedía de una familia en la que hablar de sentimientos y proyectos resultaba normal y cotidiano. Había cuidado de nosotros y de la casa siempre, y su sentido del deber le hacían esforzarse más de lo común. Perfeccionista y autocrítica, intentaba siempre una decoración novedosa, o un plato de alta cocina, se ocupaba de vestirme a la última, o de destacar de alguna manera que denotara estilo y elegancia. Esbelta, con clase y buen gusto, era patológicamente tímida, y los reproches que se hacía continuamente por no estar a la altura no le ayudaban demasiado. Cocinaba estupendamente, y comía de todo; habitualmente ella se reservaba la peor pieza, o el

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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