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tar abrumador. Desconfiaba de todo exceso y de toda emoción, e intentaba que cada día fuera igual al anterior, cada año similar, un punto medio, un silencio y una supresión de sentimientos constantes. Nunca le vi alegre sin razón, tampoco enfadado. A veces, cuando tenía que reparar algo en casa, silbaba. Era tan discreto a la hora de expresar sus gustos, tan templado en sus aficiones y necesitaba tan pocas cosas para vivir que regalarle algo siempre suponía un problema. Se preciaba de controlar sus instintos, y en ocasiones le escuché decir que sólo la fuerza de voluntad separaba a los hombres de los animales. Afirmaba que si de él dependiera fumaría y bebería, y comería de manera desatada, porque eran tendencias que se encontraban en el interior de todos, pero que del sentido común dependía el alejarse de los vicios y los excesos. Tenía una ligera tendencia a engordar, sólo le gustaban unos pocos platos sencillos, y se alimentaba de una manera muy sobria, sin la menor concesión, por el bien de su salud. Cuando ésta empeoró, cumplió los regímenes que le mandaron de manera inflexible, y sin añorar nada. Nunca dio señal de apreciar una comida, y la única manera de deducir si le había gustado o no era ver si repetía una pequeña porción. Era parco pero muy terminante con las críticas, y rechazaba la mayor parte de los alimentos nuevos. De su actitud estoica aprendí muy pronto a despreciar a los quejicas, a los enchufados, a los derrochadores, a los niños de papá, a los aduladores, a quiénes se aprovechaban de su posición o sus 65

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia