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afectuosa y un poco exagerada en mis gestos, y ellos no tenían demasiadas chicas cerca con las que comparar mi conducta. ¿Cómo hubieran podido detectar el problema? Nadie había oído hablar en aquellas fechas de la anorexia, y cuando ésta hizo su aparición se caracterizaba por niñas esqueléticas y que se negaban a comer, nada más lejos de mi conducta y apariencia. Ni mis notas ni mis ocupaciones variaron a sus ojos, y lo único que habían observado era un aumento de peso y mi obsesión por hacer dieta. No fumaba, no bebía, no frecuentaba malas compañías, no salía con chicos, rechazaba la droga por propio convencimiento... unos kilos de más no sembraban la alarma. Eso vino después, cuando la comida comenzó a desaparecer, cuando no me molestaba en ocultar las señales de haber vomitado, cuando encontraban comida o envoltorios escondidos, cuando les mentía a diario. Mientras tanto, no había señales de peligro. Mi padre era un hombre hecho a sí mismo, volcado absolutamente en el trabajo, honrado, silencioso y sufrido como no he visto otro. Sus aspiraciones de entrar en el ejército habían quedado truncadas por una enfermedad cuando aún era muy joven, pero jamás se le oía lamentarse por ello, ni por ninguna otra oportunidad perdida. Su vida se componía de su trabajo y su familia, y no parecía valorar en exceso el trato con los demás, como no fuera para ayudarles. No hablaba de sus problemas y preocupaciones, se enfrentaba a las dificultades sin subterfugios, y su sentido práctico podía resul64

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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