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atraían, pero nada hacía sospechar un problema. Mis padres, que me veían encerrada durante largas horas, no podían sospechar que ni siquiera tocaba un libro, aunque no eran tan ingenuos como para pensar que dedicaba todas mis horas a estudiar. Pero creían que yo deseaba estar sola, y respetaban esa actitud. Yo confiaba en mi buena memoria, y, de vez en cuando, repasaba los apuntes. Eso me bastaba. En un principio intenté aplicar a mi sueldito de profesora el viejo principio de ahorrar el cincuenta por ciento; unos meses más tarde el dinero que cobraba a fin de mes había volado cinco días más tarde. Me esforzaba por ser una buena profesora, y creo que lograba hacer las clases agradables, y que los niños me querían, pero durante aquellas horas sólo podía pensar en comer, en comer, en comprar comida, esconderme y comer. Tenía la sensación de que nada de lo que hacía desde que me levantaba hasta que me acostaba me gustaba, que no había ni un mínimo hueco para una afición, para un hábito agradable. A veces me he preguntado cómo es posible que mis padres no se dieran cuenta de esa infelicidad amarga que arrastraba. Lo cierto es que no creo que la manifestara en exceso, en parte porque no deseaba preocuparles (nuevamente eso me hubiera convertido en una mala hija) y en parte porque los consideraba en otro mundo, con ideas y aspiraciones totalmente ajenas. Greo que pensaron, sencillamente, que se debía a la edad. Yo no me mostraba especialmente rebelde, continuaba siendo expresiva, 63

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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