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en cómo sería la vida ahí fuera. Ya no deseaba salir, porque no tenía ropa, y prefería morir antes que dejarme ver mal arreglada un sábado. No sabía cómo pedir a mis padres prendas más atrevidas para entrar en las discotecas, y tampoco me permitía comprarlas hasta que no adelgazara. Quería olvidarme de todo lo que me recordara a la infancia, quería convertirme en una mujer sofisticada y admirada, pero sólo encontraba fuerzas para ello en mi mente y mis dibujos. Inventaba excusas para evitar a mis amigas, y ellas, cada vez más conscientes de nuestras diferencias, olvidaron pronto llamarme. Incluso aunque hubiera querido divertirme, no hubiera tenido con quien. Dedicaba esas horas a soñar despierta, a ver la televisión, a hojear revistas y a dibujar. El teatro, que me dejaba demasiado expuesta, demasiado desnuda, pasó a ser temido primero y luego sencillamente evitado. No me atrevía a hablar claramente con mis padres, y sólo exponía débiles críticas; no quería contarles que desde que había engordado las ya tibias relaciones con mis compañeros resultaban inexistentes. Me miraban con algo que yo creía que era pena, y que posiblemente fuera indiferencia. Iba y venía sola, y por lo general me gastaba el dinero del autobús en bollos y chocolate. De manera cada vez más regular comencé a saltarme las clases. Para gran satisfacción de mis padres, comencé a dar lecciones de apoyo a alumnos menores que yo. Mis notas continuaban siendo muy buenas, aunque flojeaba en las asignaturas que menos me 62

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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