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y jorobas donde no las había. En casa sólo me veían con el chándal o el pijama. Llegué a odiar aquel chándal. Miraba a las chicas delgadas que me rodeaban y me invadía una rabia sorda, que golpeaba al mismo ritmo que mi corazón. Me ensañaba mentalmente con las que habían logrado perder un peso notable, que, como siempre, eran objeto de admiración y envidia. Mi gusto por la ropa se deslizó rápidamente a los cuerpos: antes, a veces, dibujaba algún modelo que me había gustado, pensando en las fiestas a las que acudiría cuando fuera mayor. Yo haría mi entrada triunfal e impresionaría a todo el mundo. Ahora recortaba a las chicas de las revistas, los cuerpos que se consideraban perfectos: Claudia Schiffer, Linda Evangelista, Naomi Campbell, Christy Türlington. Ni siquiera los conservaba enteros: seleccionaba las piernas de una, los pechos de otra, la cintura de la más delgada. Componía con ellas el ideal de un cuerpo fantasma, un Frankenstein modélico, y aún creía que me sería posible acercarme a él. Les cortaba las cabezas, y me imaginaba en su lugar. No sentía especial admiración por ninguna de ellas: mi único ídolo era yo, ese yo en el que me convertiría cuando adelgazara de nuevo. Parecía haber olvidado que ni siquiera con cuarenta y ocho kilos me había sentido satisfecha, que nunca me habían agradado mis muslos ni me había considerado guapa. Por aquel entonces volvía los ojos a la época de delgadez y me parecía perfecta. Si escarbo con mayor ahínco encuentro muchas horas de soledad: sábados interminables pensando 61

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia