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Ninguna de estas técnicas me producían el menor orgullo, pero no veía cómo evitarlas mientras no lograra mi objetivo: adelgazar. Como no era capaz de controlarme y comía demasiado, esa comida tendría que salir por donde había entrado. Mis ideas, según me introducía más y más en la enfermedad, no daban para más. Mi lógica, hasta entonces tan aguda, parecía embotada. No guardo un solo recuerdo del primer verano de mi enfermedad. Si me esfuerzo, si hago coincidir los años con las experiencias, puedo evocar algunos sábados con mis amigas, una noche en la que mis padres me sorprendieron con los labios pintados, y la reprimenda que me cayó por ello, y algunos movimientos del chico que me gustaba, que desapareció por las vacaciones, pero nada de esto se ve acompañado por imágenes. Son recuerdos rescatados de mi diario, de las conversaciones posteriores con mi familia y mis amigos. La parte final de esa primavera, y los meses que transcurrieron hasta la siguiente, han desaparecido. Puedo evocar a mis compañeros de clase, las asignaturas que cursé, y algunas conversaciones aisladas, pero el resto no es sino una sensación de opresión, de dolor y de frío. Si ahondo más soy capaz de describir la ropa que llevé durante aquel año: no resulta difícil, un jersey rosa y otro azul, un vaquero y una chaqueta. Si hacía demasiado frío, una gabardina. Nada más de lo que llenaba mi armario me servía, ni las preciosas minifaldas de un año antes, ni los pantalones ajustados, ni siquiera los jerseys, que se abombaban y me ponían nerviosa porque hacían surgir barrigas 60

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia