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convertirlas en papilla. Antes de tragar esa pasta la escupía al inodoro. Me pareció un sistema fantástico, que me permitía disfrutar del sabor de los dulces sin sufrir sus inconvenientes, pero sólo lo practiqué en aquella ocasión. Masticar no me producía satisfacción, únicamente me ayudaba a liberar cierta tensión, como cuando comía pipas y otros alimentos crujientes que me dejaban la mandíbula dolorida y la lengua hinchada. Necesitaba tragar, apropiarme de la comida y convertirla en mía. La odiaba. Como a mí misma. Intenté urdir alguna estrategia más para evitar el vómito, pero ninguna de ellas funcionó. Vomitar me resultaba vergonzoso, pero no me parecía malo en sí; estaba acostumbrada a escuchar las historias de mi rechazo a comer de bebé, y hasta hacía muy poco tiempo me mareaba y devolvía cada vez que me subía en un coche. No se me ocurrió que podía causarme ningún tipo de daño físico, tan acostumbrada estaba a que formara parte de mi niñez. Sabía que existían ácidos en el estómago, y si me demoraba demasiado en vomitar sentía el sabor amargo en la boca, pero no se me ocurrió pensar en sus cualidades corrosivas. Además, no necesitaba hacer ningún esfuerzo para vomitar, sino que me bastaba una contracción brusca de los músculos que rodeaban el estómago, de modo que no sentía dolor ni tensión. El esófago se convirtió en un camino de ida y vuelta. Mi rostro no se congestionaba, ni se alteraba el tono de mi voz. Vomitaba con la misma facilidad y desesperación con la que engullía. 58

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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