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Sin duda mis problemas se hubieran resuelto si hubiera sido capaz de identificarme con las teorías de mis padres sobre lo que realmente era importante y lo que no, y con el comportamiento de mis antiguas amigas: como ellas, hubiera rechazado los valores de la superficialidad y la apariencia, y no hubiera centrado mi preocupación en el adelgazamiento. Pero no pude: yo escuchaba los comentarios del resto del Instituto sobre ellas, y enrojecía sólo de pensar que pudieran considerarme rancia y sosa, inflexible y fea. Mis padres intentaban potenciar la seguridad en mí misma, pero no existían bases para ella, y lo único que lograba comprender era que me equivocaba, me equivocaba de todas las maneras y era rechazada más o menos evidentemente por todos los grupos. Nada podía consolarme, y todo parecía fuera de control. Mi ropa, antes siempre tan cuidada, se arrugaba durante días sobre la silla. No me preocupaba por mantener el orden en mi cuarto, o en mis cajones. Ducharme o lavarme la cabeza requerían un notable esfuerzo, y habían perdido toda su carga placentera. Durante esa temporada se me secaron las lágrimas. A cambio, un constante dolor en el pecho punzaba de vez en cuando y me dejaba sin respiración. Corría de un lado a otro, con la vitalidad que siempre me había caracterizado, e intentaba cumplir con mis obligaciones, pero al regresar a casa me encontraba agotada y débil, como si hubiera debido enfrentarme en una lucha con ese día y me hubiera derrotado. Mi diario no cambió demasiado. No expresaba ninguno de mis sentimientos, la derrota, la tristeza, 55

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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