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Mi objetivo sentimental era entonces uno de los chicos más populares del instituto, al que nunca llegué a conocer. Él había elegido, como cabía esperar, una novia esbelta y muy guapa, y no mostró nunca el menor interés por mí. El capricho por un muchacho del que no sabía nada salvo que su apariencia física era la correcta se convirtió en obsesión y borró el resto de mis preocupaciones. Ya no dedicaba ni un pensamiento a mis antiguas amigas del colegio, que continuaban fieles a sus principios de seriedad y estudios y cada vez encajaban menos en el panorama al que yo me aproximaba. Ellas se enfrentaban a sus sentimientos de rechazo estudiando cada vez más y trabando alianzas profundas en el interior del grupo: yo deseaba ampliarlo, que entraran aires y tendencias nuevas, y de vez en cuando manteníamos discusiones. Ante la perspectiva de quedarme aislada o de discutir con mi grupo cada sábado, las salidas perdieron su atractivo. Mi única satisfacción era ver al chico deseado, y sentarme en el parque con mis amigas mientras comía chucherías. Nunca hablábamos de nada importante. Intentábamos tomar resoluciones para la semana, y sobre todo, nos quejábamos de los profesores y las asignaturas. Yo miraba a mi alrededor y veía que en el parque únicamente las niñas de once y doce años seguían un comportamiento similar, y me sentía humillada y cada vez más limitada. Nunca mantuvimos ninguna conversación típica de adolescentes, nunca frivolizamos. Sólo con una de ellas yo me sentía cercana a lo que creía que era la normalidad. 54

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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