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bre, y fantaseaba con comprarme un piso siendo aún muy joven. Ese dinero se destinaba para fines serios, y no debía emplearse en caprichos como ropa, o discos, o mucho menos comida. Pronto ese razonamiento no me sirvió. Compraba en el descanso algún tipo de aumento que no resultara caro, pero sí muy abundante y saciante. Era raro que antes o después de mi visita a la academia no comprara algún dulce, y aún más raro que regresara a casa sin golosinas en los bolsillos para la noche. Semana tras semana observaba cómo mi cuerpo perdía su esbeltez, cómo los tobillos y las clavículas dejaban de destacarse con tanta nitidez y cómo mi piel volvía a rebelarse. El embrujamiento del cisne había durado muy poco tiempo, y bajo la tristeza por haber perdido esa ilusión de belleza se escondía un sentimiento de rabia que no era capaz de detectar. No me miraba al espejo, y si lo hacía, enderezaba los hombros y metía tripa, para convencerme de que no estaba engordando. Se acabaron mis interminables baños de espuma los viernes por la tarde: no soportaba la visión de mi cuerpo desnudo bajo el agua, el roce de los muslos, el frío al abandonar la bañera. Dejé de ir de compras, y evité los escaparates, las ventanas, las bandejas, cualquier superficie que pudiera reflejar mi rostro o mi cuerpo. Odiaba cambiarme de ropa al salir de casa o al llegar a ella, e incluso vestirme el pijama me suponía un esfuerzo. Descuidé mis ejercicios, pero el traumatólogo dio mi espalda por recuperada, dé modo que lo tomé como una excusa para evitar moverme. 53

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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