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relativamente lenta, si tenemos en cuenta las cantidades de comida que comencé a ingerir. Primero recuperé los hábitos que había abandonado durante el medio año de dieta: no evitaba salsas ni aceite, y cortaba una gruesa rebanada de pan. Luego fueron dos. Tomaba un vaso de leche con la comida, desayunaba galletas con mantequilla. Intentaba elegir el trozo de carne más grande, o la porción más abundante, y repetía a menudo. Durante un par de meses eso me bastó. Las comidas de los domingos, más pausadas y calóricas, me dejaban con una terrible sensación de culpa. Rondaba entre la cocina y el salón veinte minutos, media hora. Ayudaba a lavar los platos, y picoteaba entre lo que había sobrado en las bandejas. Luego no lo soportaba más, y terminaba en el cuarto de baño. En un principio mi estómago no admitía más comida por ese día. Yo intentaba engañarme con la idea de que había abusado de la ensaladilla, o la salsa, y que me había sentado mal: nunca me creí, porque jamás me había sentido indispuesta ptír una comida. Poco a poco, admití una cena casi tan copiosa como la comida principal. Por lo general, vomitaba de nuevo. Los días entre semana no resultaban tan críticos; las chicas de mi grupo solíamos gastar un poco de dinero durante el descanso de las clases en chicles, en un bollo, en un paquete de patatas. Yo me resistía, porque no contaba con mucho dinero, y siempre me había preciado de ser sensata con mis ahorros. De mi asignación semanal guardaba la mitad, habían abierto una cuenta de ahorros a mi nom52

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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