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(prefería el tofe, no aqueilas pastillas de colores con sabor sintético) y un tejado de chocolate. Decoraría con todo cuidado el interior: almendras y nueces salteadas en los azulejos de láminas de chocolate con menta, una sauna con chocolate caliente, una nevera de helados de nueces de macadamia, y una habitación especial para las delicatessen saladas: paté, pan francés, patatas fritas y galletas de cóctel, panecillos preñados con chorizo y pizzas. Una casa que se regenerara cada mañana, en la que pudiera vivir protegida y feliz, lejos del mundo y sus problemas, comiendo eternamente y eternamente delgada. Estuve enferma, muy enferma, y no lo supe hasta dos años después, cuando la enfermedad se había instalado firmemente en mi vida y regía cada uno de mis movimientos. Gran parte de esa época se ha borrado de mi mente, creo que como una maniobra de defensa, de amnesia protectora. Meses enteros. El sufrimiento psíquico era enorme, pero me cuesta encontrar palabras con las que describirlo, términos con los que compararlo. Era dolor por sí mismo, sin causa aparente, día y noche, que se revelaba en actos que no podía evitar durante el día y pesadillas durante la noche, una tortura continua que no cesaba, comiera o no, vomitara o no, y que sólo cedía en los momentos de abandono, en los que mi voluntad se negaba a obedecerme y sentía que quien actuaba no era realmente yo. Que, por tanto, no era a mí a quien se debía culpar. Una vez que se iniciaron los atracones, la recuperación de peso no resultó espectacular, y fue 51

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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