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serias, y cada vez encontraba menos temas de conversación con ellas. Tampoco había logrado intimar con las chicas de mi nueva clase. Y mis compañeros de la academia estaban, o fingían estar, a años luz en sofisticación y exigencia. No sabía qué hacer. Me aburría tanto, me sentía tan sola y desgraciada que había llegado a aceptarlo como un estado natural. Era consciente de que las adolescentes sufrían por nimiedades, y que nadie les prestaba atención, de modo que no comentaba nada, porque no soportaba que se me tuviera por histérica, pero la frustración me resultaba inaguantable. Y, al mismo tiempo, sentía la certeza de que existían otras posibilidades de vida, de entretenimiento, de que se me escapaba algo, de que desperdiciaba mis días sin saber cómo cambiar esa rutina. Sin darme cuenta de la rapidez con la que se impuso esa costumbre, comencé a vomitar: primero todos los jueves por la noche, después de la clase en la academia. Después, también los domingos, tras la comida familiar. Cuatro meses más tarde pesaba nuevamente cincuenta y cuatro kilos, y nadie parecía advertir que yo vomitaba después de cada comida.

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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