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servé de frente y perfil y sonreí e hice muecas hasta que me cansé. Guardo ese momento como uno de los más felices de mi vida. Esa noche, en el jardín, bajo el balcón de mi habitación, observé cómo un hombre mayor y gordo pagaba a un jovencito para que le hiciera una Felación. Escuché sus gruñidos de satisfacción, y el desprecio mal disimulado al despedirse. Permanecí inmóvil en la oscuridad, asqueada y decepcionada ante aquella brusca prueba de que el amor físico ocultaba muchas más dobleces de las que yo imaginaba. Los nervios me clavaban las uñas en el estómago, me atrincheré en el cuarto de baño y vomitó. Cuando mi tía regresó mi respiración era normal, mi sonrisa templada y el inodoro blanco volvía a brillar con olor a pino. Regresé a casa deprimida, decepcionada por no haber conocido a nadie durante aquellos días, y con cuarenta y ocho kilos de peso. Continuaba considerando que mis muslos no poseían el tono muscular debido, pero durante la estancia en el hotel me había cansado de pasar hambre, y no me parecía que el sacrificio se compensara con el resultado. Comenzaba a desconfiar de que un cuerpo bonito fuera todo lo que se necesitara para conseguir amigos. Sabía que era necesario acudir a los lugares en los que se fraguaban las conquistas y se conocía a gente nueva, y esos lugares eran las discotecas. Mis padres, que no compartían mi entusiasmo por mis salidas de fin de semana, y las limitaban todo lo posible, pensaban que yo exageraba. Raras veces estaba sola. Conservaba a mis amigas del colegio, pero me parecían infantiles, demasiado 47

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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