Page 41

días comiendo únicamente naranjas y hamburguesas. Aquella dieta permaneció en mi memoria por mucho tiempo, pese a que la chica no estaba especialmente delgada. Otras comparaban barras de labios y cremas hidratantes. Yo prestaba especial atención a los tratamientos para la piel, porque mis padres no me permitían maquillarme. A escondidas me pintaba la raya del ojo, pero no me atrevía a llegar más allá, salvo en las obras que representábamos, en las que cargaba la mano todo lo posible. En la academia nos permitían usar unos cofres de maquillaje desplegables en tres niveles, con la forma de una mariposa, y si me hubieran preguntado qué era lo que más deseaba en el mundo, hubiera respondido que uno de aquellos estuches. Llegó el mes de diciembre y no había nada que contar. El diario que escribía todos los días era una lista de actividades sin importancia, una entrada de los movimientos de los chicos que me gustaban. No escribía sobre mis sentimientos, ni sobre mis impresiones. Registraba lo que hacía, y en aquella vida ordenada, sobre aquella adolescente sensata y aburrida no había aparentemente nada que reseñar. Poco antes de Navidades mi tía preferida me invitó a pasar unos días con ella en un hotel de lujo. Había ganado una estancia, y me escogió como acompañante. Nos levantábamos con pereza, elegíamos el desayuno en el gran bufé, y después bajábamos a la piscina, o paseábamos, sin apenas charlar, cada cual en nuestra esfera.

45

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

Advertisement