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Comía su bocadillo en el descanso, como las demás, y yo la envidié, pensando que la naturaleza era, una vez más, caprichosa en sus dones y en sus castigos. Desde que había adelgazado yo mantenía una semidieta: cenaba un yogur, o un poco de sopa, y fruta. Mi familia parecía satisfecha, y yo no insistía demasiado en la comida, aunque la alegría de pesar cincuenta kilos se había ido disipando: no me gustaban mis piernas, un poco regordetas, ni mi espalda, que aún se resentía de la escoliosis. Pero pensé que si era capaz de librarme de otros dos kilos, los problemas desaparecerían: mis muslos perderían volumen, y ya no escondería instintivamente el pecho hundiendo la espalda. Desde hacía algunos años yo asistía a cursos de teatro: mi amor por las tramas terribles y los personajes apasionados no había disminuido, y me hubiera gustado convertirme en actriz; eso me hubiera demostrado que era hermosa, porque no conocía a ninguna actriz que no lo fuera, y me permitiría vestir trajes caros, y diferentes, y vivir existencias suficientes como para calmar el aburrimiento de la mía. Aquel otoño me permitieron inscribirme en una academia que impartía cursos más serios. Me habían prometido que si en unos años deseaba continuar, me sería posible estudiar arte dramático, y buscar mi salida sobre un escenario. Acudí a las primeras clases con mucha ilusión, y bastante miedo, bien oculto bajo mi fachada habitual de serenidad y amabilidad.

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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