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deseaba que me consideraran linda y exitosa, había de renunciar a todo lo que mis padres me habían enseñado: la independencia, los estudios y una voz propia. Necesitaba fingir que era una criatura mimosa y dulce, sin voluntad, y al mismo tiempo manipular al hombre para lograr que mis deseos se cumplieran a través de él. Así me adoctrinaron las chicas de mi entorno, y yo lo di por cierto. Al fin y al cabo, lo importante ya no era ser guapa, sino ser la elegida: y ellas lo habían sido. Durante los primeros meses del curso trabé amistad con una compañera de clase que había experimentado un cambio espectacular: en muy pocos meses había perdido veintiocho kilos. Se paseaba con su minifalda de ante verde y el nuevo novio de la mano, y no parecía dar importancia a su popularidad recién adquirida. De alguna manera, poseía la conciencia de habérselo merecido. Hablábamos de dietas y de nuestros cuerpos en algunas ocasiones, durante las clases más aburridas, y ella insistía en que las dos estábamos igualmente delgadas. Con nuestros pesos y estaturas, la proporción debía de ser más o menos la misma, pero a mí no me lo parecía, porque el estar delgada incluía otro puñado de cosas: lograr más amigas, salir con un chico y ganar seguridad. Yo no había conseguido ninguna de ellas. Además, admiraba su constancia. Imaginaba el trabajo y el sacrificio de despojarse de casi treinta kilos. Ella afirmaba que no había seguido ningún régimen: su metabolismo se había ajustado súbitamente, y aun comiendo lo mismo, había adelgazado. 42

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia