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despertar animosidad y recelo en mis amigas, porque sabía lo vulnerables que eran aquellas relaciones. Ocultaba mi orgullo por mi aspecto, y creo que olvidé pronto que se había conseguido mediante el hambre y el sacrificio. No recuerdo haber mencionado en ningún momento una dieta. Me gustaba creer que se había debido al estadio final del crecimiento, un proceso natural, algo que se encontraba en mis genes y a lo que yo me sabía abocada desde que había nacido. Las chicas consideradas guapas, las que mantenían figuras esbeltas y vestían a la moda, me aceptaron como a una igual, aunque nunca formé parte de su grupo. No me interesaban sus conversaciones ni sus aficiones, pero poseían el secreto que en aquel momento me obsesionaba: qué las convertía en deseables, en elegibles. Por qué atraían la atención de los chicos, por qué obtenían novios que despreciaban tan alegremente. Comentaban sus defectos en el grupo, y les ridiculizaban sin ensañarse, del mismo modo que hacían sus madres con los maridos: con la confianza que da poseer a una persona. Me sentía avergonzada ante ellas, sin saber muy bien por qué. Sentía que eran superiores a mí en el modo de tratar a las personas, de agradarlas y manejarlas, pero al mismo tiempo sus métodos me repugnaban: no deseaba exhibir mi cuerpo, ni tampoco disimular mi inteligencia, mi decisión o mis conocimientos. Entonces supe que las técnicas que aparentemente conseguían el entusiasmo entre la gente de mi edad suponían el rechazo de los mayores. Si 41

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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