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ritas mediante la inactividad. Sólo las niñas jugaban: nosotras nos alineábamos en el borde de la piscina, en la pared de la discoteca, sin apenas cambiar el gesto, sin mostrar interés por nada de lo que nos rodeaba. Y engordé también porque me atraqué durante quince días de unas pastas de almendra, novedad en la pastelería. Todo el mundo las compraba, y no creí cometer ningún exceso. Aquellos cincuenta y seis kilos me torturaban. Pensé que si no los perdía sería el hazmerreír de la clase en octubre. O, aún peor, que nadie me prestaría atención, como a otras chicas que sin estar gordas no tenían cintura, o no habían perdido la grasa infantil. De modo que durante treinta días me alimenté sólo de lechuga, tomate, huevos cocidos y alguna loncha de jamón york. No recuerdo claramente aquel mes: únicamente que no encontré dificultades en casa, que me sentía débil y mareada, que estuve a punto de desmayarme en el pasillo en una ocasión, y que después del sacrificio obtuve la satisfacción de haber perdido seis kilos. Jamás me había sentido tan eufórica, tan ligera, y tan deseable. Flotaba dentro de mis ropas, y pronto hubo que estrechar pantalones y faldas, e incluso alguna camisa. Me sentía bonita, ansiosa de cambios, y me corté el pelo, me compré ropa nueva, y me dispuse a disfrutar de mi éxito. Ya nadie se reiría del patito feo. Llegaba la era del cisne. Nada cambió. Las chicas repararon en mi nuevo cuerpo, y sentí su aprobación, y en algunos casos, su envidia. No me agradó. Nunca había buscado 40

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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