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Por lo tanto, mientras mi madre creía que mi cuerpo tenía aún derecho a modificarse por sí mismo, que mi niñez aún continuaba, yo di por sentado que no variaría más sin ayudas exteriores. Que si deseaba algún cambio, era yo quien tendría que introducirlo. Pero aún no me preocupaba mi peso, cincuenta y cuatro kilos para un metro sesenta y cuatro, sino mi pecho, que yo consideraba demasiado abundante, y que llamaba la atención más de lo que a mí me hubiese gustado. No podía entender a las chicas que lo deseaban. El pecho abultaba las blusas y los jerseys, rozaba contra las telas, impedía correr y saltar, y las otras medían con los ojos su avance. Los chicos no parecían prestarle la menor atención. En realidad, no parecían interesados en otras cosas que no fueran jugar al fútbol y despreciar a las mujeres. Mis esfuerzos por ocultar el pecho me produjeron escoliosis, complicada con una lordosis, y logré escabullirme del corsé corrector sólo a fuerza de una hora de ejercicio diario durante un año. Terminé el curso como había comenzado, con expectativas sin cumplir, y en el bando de las perdedoras, las que no habían logrado novio, ni eran consideradas populares, las que no habían recibido más que indiferencia por parte de los chicos, las que debían aguardar un poco más, dormidas en la crisálida, peinándose y cultivando artimañas. Y finalicé agosto con dos kilos de más. Los gané porque ya no estaba bien visto correr ni moverse demasiado, ni siquiera nadar. Las quinceañeras adquiríamos nuestros privilegios de jóvenes seño-

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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