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madres de las cebras chiquitinas, porque mi monitor de baloncesto me gritaba y no comprendía que era zurda, porque los cerdos se burlaban del patito feo, era acabar de una vez, cortarme las venas en agua caliente, como los romanos, y dormir durante mucho tiempo en paz. No recuerdo haber pensado que estaba gorda, que necesitaba adelgazar, hasta bien entrados los catorce años. Había llegado al instituto, y la vida que soñaba distaba mucho de convertirse en realidad. Los chicos eran zafios y poco atractivos, y los que más me atraían rondaban a chicas con ropa bonita y un estudiado desprecio por los estudios. Aún no comprendía que los chicos prefieran a otras niñas por tener un cuerpo más esbelto, y pensaba que cambiarían de idea, que se fijarían en mí: que era cuestión de llamar su atención. O que el príncipe azul estaba por aparecer. Al fin y al cabo, había mucho tiempo por delante. Aquella primavera hubieron de ensancharme un pantalón porque había engordado durante el invierno. Mi madre me miró, contrariada, y le echamos la culpa al arroz con leche, postre constante en los pasados meses. Ella, acostumbrada a que yo dejara la ropa atrás, tallas mayores, zapatos mayores, creía que aún podría crecer, y no comentó nada más. Yo tenía el convencimiento de que no crecería más, como así fue: tampoco mi cuerpo varió esencialmente. A los catorce años adquirió las formas y las medidas que fueron definitivas cuando al fin logré estabilizarme. 38

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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