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rios acordes a su edad, a discriminar la información que reciben, a analizar y criticar la publicidad y las imágenes físicas que les llegan. Al fin y al cabo, una educación completa hace que la persona se valore a sí misma en referencia a valores como la cultura, el respeto, los conocimientos, la lealtad... no por criterios físicos. La información veraz sobre los trastornos alimenticios y los riesgos que conllevan resulta imprescindible. Finalmente, los alumnos deberían recibir una educación que tuviera en cuenta los llamados valores femeninos y aprendiera a respetar la sensibilidad, la diferencia y la colaboración. Un descenso de la competitividad se reflejaría en escolares menos tensos y menos propensos a las obsesiones y la depresión. Por supuesto, nada puede sustituir el papel de la familia: de ellos depende que los niños desarrollen su relación con la comida de una manera sana y coherente. Deberían substraerse de los requisitos sociales de imagen y aspecto físico, especialmente en el caso de las niñas, y defender la inutilidad a largo plazo de las dietas. La autoestima y la seguridad de los hijos sólo pueden crecer si encuentran apoyo en el seno familiar: y el contacto directo con los padres, que controlen la influencia de la televisión, las falsas imágenes y las exigencias del entorno les protegerá de males mayores. Por otro lado, conviene tener en cuenta que existe un importante grupo de enfermas en recuperación que precisan de apoyo, respeto y medios 240

Cuando comer es un infierno  
Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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