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Obviamente, la publicidad influye. Quienes defienden la idea de una libertad de expresión absoluta, deberían conocer los límites que esta misma libertad implica: una sociedad organizada no debería actuar contra sus miembros más débiles, y no osaría tolerar que éstos resultaran explotados con fines económicos. Deberían asimismo considerar que gran parte de la información e influencia que reciben niños y jóvenes en la actualidad procede de la televisión. Una televisión sin censura puede darse en el caso de que los televidentes sean adultos. Cuando existen menores presentes y afectados es necesario adoptar medidas para protegerlos. La publicidad impone ideales imposibles con el fin de provocar insatisfacción, y que esa insatisfacción conduzca al consumo. Para ello emplea todos los medios manipulativos a su alcance. Guales de esos métodos pueden ser tolerados y cuáles no depende del consenso social. En España está prohibido emplear insectos vivos en los anuncios de insecticidas, y han de ser sustituidos por imágenes o robots. En Noruega, por ejemplo, la publicidad en la que aparecen niños, o destinada a ellos, está prohibida, bien sean pañales, juguetes o potitos. Una resolución similar en España levantaría ampollas, no porque nadie negara la inmoralidad de dirigirse con propuestas de consumo a los niños, sino por el inmenso mercado potencial que se desperdiciaría. La publicidad debería evitar la reproducción de situaciones humillantes o que exploten a la mujer como objeto sexual. El principio moral de la digni238

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia