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No resulta sensato presionar a nadie para que reconozca un trastorno alimenticio: en todo caso, debe ser un acto voluntario. Ni padecer alcoholismo, ni sufrir anorexia, ni formar parte de ninguna minoría racial, una tendencia sexual o una forma de vida da derecho a avasallar la intimidad de una persona: no puede exigirse a nadie, por famoso que sea, que se convierta en el abanderado de una causa. El respeto a la privacidad, tan difuso en estos momentos, debería concretarse y exigirse en casos como éstos. Si Calista Flockhart era anoréxica, estaba en su derecho al intentar enfrentarse a ello en privado. En cualquier caso, la atención intensiva que recibió no le hubiera beneficiado en absoluto. Si no padecía anorexia, se la obligó a defenderse como si se tratara de algo vergonzoso. Una vez más, los cuerpos femeninos no gozan de respeto, son analizados, sopesados y juzgados sin piedad, en público. Esa actitud es una de las muchas que favorecen los trastornos alimenticios, y ha de cambiar si aspiramos a una sociedad más justa, y más sana. A decir verdad, resultaban mucho más vergonzosos los presupuestos del argumento central de la serie: una chica aparentemente independiente y profesional, pero con una apariencia y un comportamiento infantil. Ally McBeal no queda en la memoria como una mujer digna y una abogada de mérito, pese a sus dificultades, sino como una muchachita histérica y obsesionada por el paso del tiempo, sus relaciones amorosas pasadas y presentes, y por el deseo de tener un hijo que, casualmente, es

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Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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