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declaradas o no, se asumen sin pensar, y no son sino mensajes enviados por la sociedad. Por una vez en la vida, no están exagerando, sino haciéndose eco de lo que cualquier artículo en revistas femeninas, cualquier anuncio televisivo, cualquier publicidad impresa insinúa y confirma. No resulta sencillo acceder a las listas de distribución o a los archivos que manejan estas muchachas. No al menos a las más interesantes y exclusivas. Como en los cotteges ingleses, la página a la que una pertenezca condiciona y obliga a la anoréxica: ha de defenderla y si es preciso, atacar con armas de hacker otras webs. Cuando solicité entrar en una de ellas hube de pasar tres rigurosos exámenes, en los que se me sometía a un auténtico análisis psicológico para deducir si realmente deseaba ser anoréxica y poseía el perfil de perfeccionismo que exigían. Hube de echar mano de todos mis conocimientos sobre trastornos psicológicos y de una buena sarta de mentiras para convencerlas de que deseaba perder doce kilos y vivir según las leyes del hambre perpetua. Solicitaron mi fotografía, porque no se permite la entrada a las webs más exclusivas si no se es guapa y razonablemente delgada de entrada, y dieron mil vueltas a la cuestión del idioma. Por un lado, les halagaba que una europea las hubiera descubierto y se viera seducida por ellas. Por otro, deseaban mantener sus principios wasp puros. Hube de enviarles uno de mis antiguos trabajos de la universidad sobre Sylvia Plath, una autora 222

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia