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bikini, o quieres perder unos kilos, vete dé aquí. No entres. Acude a un dietista, o limítate a comer sano y en porciones sensatas, y date un par de paseos al día. Pero si tus relaciones con tu cuerpo y la comida hace mucho tiempo que dejaron de ser normales, si tu peso ya no importa porque nunca es el correcto, si te sientes sola y asustada, si odias tu imagen en el espejo, si no puedes dejarlo, entra, habla conmigo. Yo no te juzgaré, ni te obligaré a dejar algo a lo que yo misma no puedo renunciar. Ahora, pulsa aquí y entra». El orgullo recorre cada una de estas palabras. Su mensaje es excluyeme para los sanos, para los que no se toman la vida en serio y desean disfrutar sin consecuencias. Pero los enfermos, los obsesionados, los que sufren, ésos son amorosamente aceptados, y las palabras finales «Ahora, entra» brillan, tentadoras, como la puerta a la comprensión. No sólo no es malo estar enferma, parece decir, sino que de esa manera formas parte de un club selecto y exclusivo. Estos textos no varían demasiado de una página a otra, ni tampoco sus conclusiones o sus declaraciones de intenciones. Continuamente se apoyan entre ellas, y se pasan información: aparte de los foros en los que hablan, distribuyen mensajes y consejos mediante listas de correo, y se adoctrinan en la difícil tarea de resistir en su política de ayuno. Para ellas no existen términos medios. Las razones y las frases que esgrimen se basan en las leyes 220

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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