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a reposar y a comer. Mis padres trabajan, de modo que podía dedicarme a mi dieta y al ordenador. Adoraba estar sola en casa. De modo que adelgacé de nuevo y rne mandaron al hospital. Este año he comenzado a faltar a clase, porque me aburro, y de todos modos, mis notas son buenas. Pero entre eso, la anorexia, los ingresos en el hospital y las broncas en casa, casi no puedo ni respirar sin que mis padres estén encima. Ahora he iniciado una terapia en un hospital de día, pero ¡se pasan el día haciéndome comer! Y no hacemos nada, nada más que dibujos y relajación. No me quejo, me encanta dibujar, y colorear, pero estamos controladas todo el tiempo. Al menos, sólo es un mes, y además, cada noche vomito lo que nos han dado de cena, de modo que estoy logrando mantener mi peso. Los últimos cuatro años han sido una pesadilla, y daría lo que fuera por volver a ser normal y feliz; pero, siendo sincera, eso no va a ocurrir. ¿Podría mejorar? Seguro. ¿Mejoraré? Qué va. De modo que no pienso dejar mi ayuno, que es lo único que me hace sentir bien. O sea que adelante, escribidme los e-mails más desagradables que se os ocurran. No será la primera vez, ni la última. Pero antes de hacerlo, intentad imaginar cómo me siento. ¿Van a cambiar las cosas porque me llaméis loca, o idiota? Si leéis esto y comprendéis de qué hablo, escribidme. A veces compartir las cosas con alguien es bastante, por lo menos para mí. Mucha suerte a las que estáis en recuperación. Me gustaría ser tan valiente como vosotras». 216

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia