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Entonces, sería sensato que otra persona se encargara de liberar al ama de casa de esas preocupaciones: o bien una asistenta que se ocupe de preparar las comidas y lo que las rodea, o bien un pariente que asuma esa responsabilidad. Muchas de las enfermas se sienten aún más culpables porque parte de los ingresos de la familia se desvíen a su tratamiento y a contratar una persona que la ayude. Piensan que no tienen derecho a condicionar el futuro de sus hijos (tal vez la universidad, o las salidas de fin de semana, en otros casos hipotecar la casa) a costa de sentirse mejor. Y muchas familias no ven la necesidad de sacrificar sus ahorros, o cambiar sus costumbres porque a su madre le haya entrado una manía con la comida. No es posible sentirse más sola de lo que estas mujeres se sienten. Ni más incomprendidas. Ni más ignoradas. Una vez más, el peso del machismo se deja sentir; la enfermedad de una muchacha joven es una demostración de histeria. La de una mujer madura, algo que debe llevarse en silencio. La pregunta sigue en el aire: si, como parece, hay tantas bulímicas, si todo el mundo conoce al menos un caso o sabe de un familiar afectado, entonces, ¿por qué no reconocen su enfermedad? Las respuestas pueden ser muy variadas. Una de ellas, como se ha repetido en muchas ocasiones, es que una de las características de la bulimia es su negación. A menudo, cuando son conscientes de que tienen un problema, no saben adonde acudir. Se sienten avergonzadas, y posiblemente 202

Cuando comer es un infierno  

Libro sobre la bulimia

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